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25 abril, 2024
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DESTACADO MICHOACÁN

A 81 años del nacimiento del volcán Paricutín.

La primera grieta la descubrió Dionisio Pulido en el terreno de su granja: «Vi cómo en el agujero la tierra se hinchó y se levantó dos o 2.5 metros de alto y una clase de humo o polvo fino, gris, como las cenizas, comenzó a levantarse».

Así se inició la tarde del 20 de febrero de 1943 el surgimiento del volcán de Paricutín, al que también se le conoce como el volcán que nació de un maizal, en la meseta del pequeño pueblo de San Juan Viejo, ubicado en Michoacán, al oeste de México.

El volcán, que se levanta 424 metros en el valle y está a 2,800 metros sobre el nivel del mar, es el más joven del mundo y hasta ahora el único que ha tenido testigos de su erupción, desarrollo y reposo después de nueve años de actividad.

Provocó durante ese periodo la desaparición de dos pueblos que quedaron sepultados bajo la lava: Paricutín y San Juan Parangaricutiro, con la fortuna de que sus habitantes tuvieron tiempo de escapar con vida.

«Fue un éxodo, dejaron sus casas y se marcharon caminando con lo que pudieron llevarse para buscar otro lugar donde asentarse, que tuviera llanos para la siembra y río», comenta Lorenzo Guerrero, guía turístico de la región.

No olvidaron al Cristo de la Iglesia, hecho de pasta de caña en el siglo XVI y al que desde entonces denominaron el Señor de los Milagros, «porque cuentan los vecinos que hizo el milagro de que no muriera nadie, ni siquiera los animales que tenían», agrega Guerrero.

A decenas de kilómetros de la amenaza de la lava fundaron el actual Nuevo San Juan Parangaricutiro, donde los mismos pobladores construyeron a duras penas sus casas.

«No tenían poder adquisitivo, utilizaron los trojes (depósitos de madera) que se alcanzaron a salvar para las casas, mientras que el templo tardó en construirse 30 años con los donativos de gente que venía de varias partes del país», explica Miguel Ángel Gutiérrez, vecino del pueblo.

Curiosamente, además de las personas, lo único que no destruyó el volcán en sus nueve años de vida fue una parte del antiguo templo que quedó alzado sobre piedras y cenizas volcánicas y es de los lugares más representativos y visitados en la actualidad en Michoacán.

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